PARECE UN BEBÉ, PERO NO PARECE FELIZ: HO CHI MINH

Vietnam es increíble.
Siento la vida a un grado muy alto. Mucho mayor del que haya sentido antes.

El día empieza con agobio, prisas, melancolía.
 Una nueva despedida. Mario siempre está cuando vuelvo a Bangkok, pero la próxima vez que venga no estará.
Koi y Ricky se despiertan resacosos para despedirme. Caleb me abraza con euforia. Me encuentro en el camino a Katherine, me acompaña a la parada de autobús.
Voy con tiempo de antelación, pero estoy en Asia; de poco sirve. Ese tiempo se lo come la espera del autobús.
Llego al aeropuerto justo a tiempo, pero no puedo volar a Vietnam sin un billete de salida.
La tarjeta no me funciona y el retraso permite que Thiago me saque del marrón. Gracias favorite lawyer.
Nunca había agradecido tanto un retraso.

Todas las emociones y nervios salen a la luz cuando llego a recoger mi mochila a la cinta de equipajes.
Unas tímidas lágrimas me limpian el nudo del pecho.
He llegado y empieza una nueva etapa.

Me encuentro a Terry en la parada del autobús. Va al mismo hostel que yo, qué coincidencia. Haremos el camino juntos. De camino encontramos una corona rosa de la princesa Frozen. Coronada como princesa de Vietnam.


Llegamos al centro de Ho Chi Minh. Mi mirada se pierde en dirección vertical hacia cada edificio. Es impresionante.
La ciudad está llena de neones de colores, carteles luminosos, puestos ambulantes que venden tabaco, calamares secos a la brasa, pulseras rotas o abanicos.
Los vietnamitas tienen rasgos muy personales, son muy diferentes a los tailandeses. Su piel es más clara y sus rasgos son menos marcados.
Las mujeres son muy guapas y todas visten con muchísimo estilo. Los hombres no cuidan tanto su aspecto pero también son guapos.
Tengo muchas ganas de conocer la personalidad local.

Encontramos el hostel, para acceder a él hay que entrar en un restaurante de tacos, al final hay una pequeña sala en la que nos espera un chico muy joven. Sabe nuestros nombres, nos estaba esperando. Salimos a dar una vuelta por la calle peatonal de fiesta. Es como Kao San Road pero mucho más grande. Se llama Bui Ven.

Comerciales salen a nuestro encuentro ofreciendo rooftops, globos del amor, cervezas.
Es demasiado. Compramos unas cervezas en un supermercado.
Me detengo a ver todos los productos locales. Es fascinante.
Tienen de todo. Siento que están un paso por delante de los demás países del Sudeste asiático.
Tienen una gran variedad de leches vegetales y productos veganos. Pan y queso, no puedo creerlo.
Paramos en una frutería, me encanta no saber quées el ochenta por cien de las frutas.





Las calles son sucias pero no tienen excesiva basura en el suelo, es más bien suciedad en sí del suelo.
Pasean a sus anchas grandes ratas, pero no son las típicas de cloaca, son ratoncitos grandes, bonitos.
Parecen tener más control de la plaza que los humanos.

El tráfico es completamente loco, pero el caos está apoderado por una lentitud que permite cruzar en pocos segundos.

Seguimos con nuestro paseo. Terry se detiene y me avisa para que vaya. Una chica que está sentada en una terraza abraza con mucho cariño a un pequeño mono.
No sé exactamente qué sentir. Es adorable, parece un bebé. Pero no parece feliz, debería de estar en la jungla.
La chica me explica que viene de Camboya, que unos cazadores furtivos mataron a su madre para venderlo, por un alto precio. Lo han rescatado y ahora cuidan de él.

Sin darnos cuenta nos han sacado dos sillas y dos cervezas para que nos quedemos con ellos.
Nos invitan a conocer el mundo vietnamita a tan solo unas horas de haber aterrizado.

El restaurante es del hermano de la chica, al igual que el mono. Este me abraza como si fuera su madre, y no me suelta del cuello en horas. Es increíble.
Me encantaría explicar cómo son cada uno de ellos empezando enunciar sus nombres pero me resulta imposible. La chica que vive en Australia va vestida con un conjunto de tela en tonos ocres y marrones. Tiene una sonrisa que deslumbra.
Esta en la mesa su marido, que comparte su música preferida con nosotros.

También hay otra pareja; él es vietnamita y ella de Singapur.
Lucen grandes joyas. Él lleva dos grandes cordones de oro con unos budas colgantes que seguro superan los dos centímetros. Cordón de oro en la muñeca y un gran anillo repleto de brillantes. Ella luce un estilo similar pero en plata. Se quieren mucho y no dudan en intentar explicarnos su amor una y otra vez.
 También se sienta con nosotros Lucky, un vietnamita que vive en Estados Unidos en el negocio de la cocaína. No tienen pudor en explicárnoslo.

Todos son familia, y no sé bien porqué pero nos han incluido en ella.
Nos dan de fumar aceite de marihuana en un cigarrillo electrónico. Nos dan de beber y comer a reventar.
El servicio es impecable. Están atentos de todo en cada momento. Llenan los vasos con hielo ajes de que se funda el último del todo. Traen cerveza fría cada vez que, tras un suave toque con un tenedor, entienden que se acaba. Renuevan las salsas y no dejan de traer platos.

En la mesa hay almejas con salsa de jengibre, limón y cebollino. Rollitos vietnamitas rellenos de fideos de arroz, carne frita, lechuga y cilantro, decorados con pepino, lechuga, zanahoria. Los untan en una salsa de pescado. Mejillones con ajo, cebolla y cacahuetes.
Todos los platos son preciosos.
Hay cantidad de salsas, platos con frutas que no conozco pero están muy ricas.
Cangrejos de un importante tamaño, y cantidad de cosas que todavía no sé qué son.
Espero descubrirlo en breves.
Pruebo todas las frutas que acabo de ver antes en la frutería, las sirven con sal y pimienta.





Todas las terrazas están en la calle, y el método de limpieza es tirar todas las latas vacías al suelo, bajo la mesa. Al acabar tan solo han de barrer.

Brindamos, y una y otra vez. “Yo” gritan sin parar para animar el brindis. Cada vez que dicen algo y se ríen vuelven a brindar. Y otra vez. Y otra.
Me cuesta explicar cómo una familia de dinero como esta, hoy nos lo están dando todo.
Son selectivos con los pobres que vienen a pedir dinero, a algunos les dan a algunos no les miran; pero nosotros somos uno más. No sé si mirarlos cuando ellos no lo hacen, si sonreír cuando alguno les cae en gracia. Son las dos caras de la moneda en una misma calle.

En la calle hay muchos niños pequeños. Son las tres de la mañana. Deberían de estar durmiendo, pero hacen espectáculos de fuego, bailan, venden pañuelos o sujetan serpientes.

Hay cantidad de puestos de comida callejera. Cuando llego a un país nuevo y encuentro zonas de comida callejera dejo de lado mi vegetarianismo ganándole la curiosidad por probar lo nuevo. Aunque también hay muchas opciones no animales.
Me encanta la comida callejera.
Los puestos más ‘cool’ están montados sobre una moto vieja. La mayoría sobre bicicletas.
Venden bocadillos de carne a la brasa (brasas que obviamente, están montadas sobre las bicicletas) o de huevo con pepino, cilantro, paté, y salsas de Doha y chili. Se llaman Bánh mì.
Otros llevan calamares secos prensados a la brasa, son como láminas colgadas en un estudio de fotografía.
Patas de pollo y pulpo a la brasa, mango verde con chili…

Si no es sábado o domingo Bui Ven, esta “walking street” está abierta al tráfico y la cantidad de gente que se aglomera en ella es idéntica a las motos que pasan a toda velocidad.
Es realmente loco.



Aunque a diferencia de los países del Sudeste asiático en los que he estado antes, aquí me llama la atención que la mayoría use casco.

En Ho Chi Minh he tenido un breve reencuentro con David, el justo para darle la ropa que olvidó hace dos meses en Pai. Sin duda alguna Terry ha sido un gran fichaje para el viaje.
Conocer a Simon ha sido una dulce casualidad, al igual que a sus colegas Thomas y Andy.
Bailamos canciones de hace una década entre cervezas. Espero con ganas el reencuentro con Thiago. Pero no va a producirse. Su visado caducó hace dos días. Quizás en Camboya, quizás en Brasil.


A ratos llueve. Mucho. Truena y puedo disfrutar de una gran tormenta que sé que será igual de intensa que breve.
Pero cuando culmina trae aire fresco, algo de frío. Es diferente al bochorno que trae la lluvia en Tailandia.
Creía que en Vietnam no había mosquitos, pero tras la tormenta aparecen.

Los vendedores ambulantes me acosan por todos los lados. Hamacas. Mecheros. Abanicos. Masajes. Marihuana. Cocaína. Drogas que no conozco.

Como cada mañana voy al bar de la mujer mayor a la que tanto cariño le he cogido. Hay un hombre de unos setenta años sentado conmigo en la mesa.
Es un alemán retirado que ahora vive aquí. Es pintor. Hablamos sobre setas alucinógenas y LSD.
Aquí mismo, en la silla en la que ahora escribo.
Me anima a escribir todo lo que veo. Él lo hizo aquí hace treinta años y “ha cambiado todo tanto desde entonces…” que cree que me agradará leer todo esto en otros treinta años. Porque todo habrá cambiado tanto entonces…

Gracias por la pasión. Así lo estoy haciendo. Mientras escribo el vello se me eriza.
Amo mi vida.

Tengo muchas ganas de encontrarme con mi hermano Miguel.
Te amo enano.
Eres mi puta mitad.
Cada día que pasa te siento más fuerte.
Cuanto más lejos, más cerca te siento.
Muero de ganas de contarte todo esto entre abrazos y lágrimas. Seguro muchas lágrimas.

Esta ciudad también me ha hecho sentir triste por primera vez en el viaje. Supongo que tiene que ver con el tiempo que llevo fuera.
Mantengo mi euforia por el viaje pero los sentimientos se me van estabilizando y todo resurge.
No tengo muy clara la razón de mi tristeza. Pero la dejo brotar.
Permití que una canción de Ben Howard me rompa.
Al fin y al cabo las lágrimas también me limpian el alma, igual que hace la lluvia con esta sucia ciudad.


En cada balcón hay muchísima ropa colgada. En cada esquina ondea una bandera de Vietnam.
Los pisos son muy altos y da la sensación de que se hayan construido amontonados unos sobre otros.

Suena Don’t Look Back In Anger, otra vez. Como cuando me fui de Tonsai, como cuando llegué con Koi a Bangkok, como cuando me iba de Langkawi, como cuando cuando dejé atrás Pai.
Es la canción que me sigue en mis llegadas o partidas, solo para confirmarme que estoy en el camino correcto. Una vez más.
Los pubs de fiesta inundan la carretera, llena de turistas borrachos. Y locales borrachos. A los vietnamitas también les gusta salir por aquí.

Alquilamos una habitación para esta noche Terry y yo.
Ambos necesitamos un poco de paz y en los dormitorios de nuestros respectivos hostels es imposible encontrarla.
Es el tercer hogar que me da la ciudad. Para encontrarlo entramos en un oscuro parking de motos; al final hay unas escaleras dignas de película de terror.
Encontramos la puerta pero tiene echado un candado por fuera.
La vecina llama a la dueña. Esperad diez minutos.

El Homestay es literalmente una casa con tres habitaciones las cuales están todas vacías y se convierte en toda la casa para nosotros.
Tiene un pequeño balcón en el que nos sentamos a observar Bui Ven mientras bebemos un café tras otro.
Pasamos el día de relax haciendo cositas en casa.
Coso muchas horas. Pienso en mis abuelas. Otra vez. Como cuando lavo la ropa a mano.





Vuelvo a cambiar el hospedaje.
Este es más increíble todavía. Tras un largo y estrecho pasillo en medio de la nada llego a él.
En la misma recepción hay tres literas triples. Sí.
Ahí me va a tocar dormir.

Llego al museo de los restos de la guerra de Vietnam.
Lloro. Mucho. Intento hacerlo hacia dentro pero es imposible.
Lloro viendo los dibujos de los niños. Lloro viendo las fotos. Lloro escribiendo esto ahora.
Son las seis. Me echan del museo porque cierra.
Necesito caminar.


Un precioso parque me lleva a una réplica de la Catedral de Notre Dame. Es curioso que mantengan tanta historia francesa.
Después de todo. Es de 1863.
La cubren unos andamios. Qué pena. Mañana me voy a Camboya así que cambio dinero para el visado y voy a hacerme unas fotos.
Miro esta ciudad con melancolía. Ha sido una semana extraña. De lecciones.
Internas.
Externas.
Mucha intensidad, últimas cervezas.

(Ho Chi Minh, Sur de Vietnam, 28 de abril al 6 de mayo 2019)

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