TAMBIÉN DECIMOS TONTERÍAS: PHNOM PENH


El autobús llega a la estación. Los últimos kilómetros nos han acompañados unas nubes que terminan por estallar en cuanto bajo.
He conocido en el trayecto a Emilie. No deja de llover, así que cogemos un grab a medias.
Volvemos loco al conductor. Conseguido.

La moneda local coexiste con el dólar.
¡Menudo lío!
Pago en dólares, la vuelta son riels.
Pago en riels, las vueltas son dólares.
O de todo un poco.

Costa me pasó el contacto de Eggis. Es un chico lituano que vive en Phnom Pehn y tiene su casa abierta a Couchsurfing. Me envía una ubicación por Whatsapp. Sigo unas indicaciones que me llevan a una puerta de madera. Un pasillo oscuro. Unas escaleras empinadas a la izquierda.
Dos pisos sacados de una película de terror. Y la puerta de madera.
¿Será aquí? Toco pero nadie responde.
Reviso otra vez las indicaciones. Sí. Tiene que ser aquí.
Empujo un poco la puerta y efectivamente está abierta.
Hay un enorme salón lleno de sofás, mochilas, colchones, zapatos, ropa…
Me encuentro con Mario. No sabe quién soy. Sonríe. Una más, me dice. Bienvenida. Sé libre de hacer lo que quieras. Deja tus cosas dónde te apetezca. Puedes dormir en el sitio que más te guste cada día.

La casa es enorme, aunque él insiste en que no. Tiene una gran cocina, un largo balcón, en el que cuelga una hamaca y unas cuerdas de tender. También unos sofás y sillas de mimbre. Todo reunido alrededor de una mesa de mimbre y cristal. Una habitación para trabajar, dos dormitorios, tres baños, un altillo, coladuría…
Somos siete viajeros alojados. Un lituano, un austriaco, una india, un belga, un ucraniano, una checa y yo.
Hasta el segundo día no me cruzo con Eggis para agradecerle su hospitalidad. Compartimos muchos ratitos en la terraza entre idas y venidas de todo el mundo. Se habla de bolsa, se habla de culturas, se habla de educación. También decimos tonterías.

A una calle hay un gran mercado. Amo los mercados. Me puede la curiosidad. esta ciudad me produce curiosidad, pero tampoco me aporta demasiado.
Aprovecho el tiempo en casa. Cocinamos. Charlamos. Compartimos batidos de aguacate. También me dedico a mí. Me doy tiempo. Me planifico. Trabajo en mí misma.
Llueve mucho. Todos los días llueve.
A ratitos intenso. A ratitos poquito. A largos ratos todo. A veces nada.
Pero no para.
Y entre todo esto han pasado cinco días. El reloj me estira de la oreja. Es momento de partir.

(Phnom Penh, Capital de Camboya, del 6 de mayo al 10 de mayo)

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