Desde pequeña me acostumbré a rodar kilómetros y hacer carretera.
Mi padre se levantaba a eso de las cuatro de la mañana, tocaba la puerta de mi habitación y subíamos a “Brutus”, el camión que tantos años dio de comer a mi familia.
Atravesábamos cientos de pueblos huyendo de las autovías de peaje.
A menudo hacíamos parada en alguno de ellos. Era cuándo más tiempo dedicaba a observar las casas de la gente.
En los pequeños núcleos costeros había grandes mansiones cuidadas al detalle y creadas con mimo.
No con menos mimo estaban colocadas las flores y enredaderas de las persianas de los hogares más humildes.
Cuando íbamos en temporada baja la mayoría de la población era de la tercera edad: toda una vida dedicada a puntilla en cada objeto de decoración u orientación de una ventana.
Al crecer un poco más le cogí el gusto a viajar en furgoneta.
Cada ruta por nacionales o atajo por secundarias me hacían volver a la infancia, y replantearme las mismas cuestiones de antaño.
Me perdía en los detalles de preciosas casas de campo y en el porqué de cada árbol de sus caminos.
Volví a pasar por casitas que recordaba de entonces. Algunas eran exactamente idénticas a mis recuerdos. Otras habían evolucionado por crecimiento de la familia, o por crecimiento personal de sus propietarios…
Viajé fuera del país y recorrí continentes.
Me enamoré de atardeceres con vistas a un volcán, de amaneceres con vistas a una paradisíaca playa.
Observé las ventanas de las habitaciones que recibían o despedían sus días.
Imaginé muchas veces cómo sería vivir en tantos “ahí”, tantos, que nunca envidié ninguno de ellos.
Nunca entendí la necesidad de fijar un sitio en el que vivir de por vida, por increíble que fuese.
No comprendí la ilusión que mueve a alguien a tomar una decisión hecha raíz, para evolucionarla durante todos sus días.
¿Por qué y cuándo aquellos ancianos decidieron que envejecerían en aquel precioso pueblo costero?
¿Heredaría el dueño de la casa de campo el terreno, o lo escogió entre muchos como su mejor refugio?
¿Es el paraíso, realmente el paraíso cuando lo ves cada mañana?
En lugar de cambiar constantemente el interior de sus refugios y no poder cambiar el exterior… ¿No sería mejor hacerlo al revés?
Los metros cuadrados de mi furgoneta no me permiten mucho cambio interior; ahora, cada día, y sin hacerme decidir demasiado, es la que me permite amanecer en un nuevo paraíso.