ES UN LARGO VIAJE: KAMPOT

Amanezco a pleno sol.
Preparo mis cosas y me dispongo a salir a la principal a hacer autostop con destino Kampot.
Ayer llovió muchísimo así que necesito encontrar coche antes de la una.
Los últimos días ha llovido a la una todos ellos.

Entre desayuno, cafés y despedidas llego a las doce a la principal.
Hace mucho calor pero encuentro una sombra en la que esperar.
Hay cantidad de tuktuks y al igual que en Surat Thani se me hace difícil salir de la cuidad.
Una menos cuarto y amenazan las nubes.
Como llueva la mitad de fuerte que ayer estoy perdida.
Me giro y en la esquina hay un pequeño puesto de tickets de autobús.
Creo que la vida me lo ha puesto bastante obvio y fácil como para no hacerlo.
Pero entonces llega la odisea de la turista.

Por no haberlo mirado con tiempo. Por haberme urgido a la amenaza de las nubes.
El hombre que me cobra por el ticket de autobús me hace esperar un rato para, de un momento a otro, decirme con urgencia que suba a la moto con él.
Es un camboyano de unos cuarenta años que no deja de hablar por los múltiples teléfonos móviles que tiene en el bolsillo de su camisa.
Mientras conduce por el centro de Phnom Penh, claro.
Con una mano cambia de teléfono y con la otra va dando toques de acelerador que hacen que mi mochila me estire hacia atrás y esté a punto de caer un par de veces.
No se inmuta.

Lleva grandes anillos de oro y pasea billetes como ninguno.
Me deja en una estación de autobús en la que el billete vale la mitad.
El autobús se ha ido hace cinco minutos; creo entender que le dice la chica de la estación al hombre.
Apáñatelas; creo entender que le responde.
La chica grita a otro chico que está en la puerta y me suben a una furgoneta pequeñita.
No entiendo nada de lo que está pasando.

Me mueven y marean como si fuera un objeto. Supongo que eso es lo que somos aquí, tontos a los que dar vueltas.
El conductor de la furgoneta va silbando y mirando por el retrovisor que esté bien.
Cruza media ciudad mientras habla por el teléfono con el que supongo será, el conductor del autobús.
Llegamos a otra estación en la que está el autobús esperándome.
Así va aquí el transporte de turistas.
Y efectivamente, en cuanto empieza la ruta, comienza a llover.

Lo que tienen que ser cuatro horas se convierten en seis.
Seis horas para recorrer ciento cincuenta kilómetros.
Eso dice mucho del autobús. Y de la carretera. Si se puede llamar carretera.
Es todo barro y charcos. Agujeros y obras. Hombres con el agua hasta la rodilla y chubasqueros que se les vuelan.
O tienen el país en obras o están muy subdesarrollados.

Llego a Kampot. Es ya de noche.
Hay muchos mosquitos. Es un pueblo montado a los lados de un gran río.
Hola paz. Hola bichos.
El camino hasta el hostel es fangoso y está lleno de perros enfadados que me ladran.
Al fondo veo una jauría peleándose, en medio de la carretera.
La inglesa de la moto de delante también los ve. Para y me dice que suba a la moto. Thank you.
Vive aquí. Conoce el hostel. Me acerca en un minuto.

Me espera una terraza de bambú con una hamaca con vistas al río.
Pido una cerveza, lío uno verde y llama mi hermano.
Es viernes y hay fiesta en el bar. Llegan muchas motos y se llena de gente.
No me apetece nada. ¿Viernes? Hace tiempo que no sé en qué día vivo. Todos son especiales.
Y hay días en los que no quiero gente ni fiesta. En los que a las diez y media me quiero ir a leer a la cama. También son especiales.
Porque no son unas vacaciones. Es un largo viaje.

Dejándome aconsejar por los locales llego a un precioso templo que parece estar abandonado. Las naturaleza le ha ganado sitio a todo el asfalto crujiéndolo hasta vencer.
Parece no haber nadie, pero los monjes del templo (muy jóvenes en su mayoría) parecen estar encantados con esta batalla de la naturaleza. A lo que no parecen estar acostumbrados es a las visitas.
Aparco la moto fuera y simplemente lo empiezo a recorrer.
Algunos me saludan, otros tan sólo me miran, hasta que uno de ellos me señala un embarcadero.
Camino hacia él en silencio y me dejo emborrachar por su paz.
Es increíble que pueda reinar semejante silencio con la cantidad de personas que viven aquí.

Con el paso de los días el hostel en el que me hospedo me gusta más, quiero quedarme. No hay camas disponibles.
Ups.
Pienso en que quizás tengo que irme, pero me abordan con una propuesta: En el balcón de una de las habitaciones compartidas podemos ponerte una cama con mesilla y mosquitera, ¿qué opinas?
Subo a verla, me enamoro al instante. Es un balcón cubierto. Por todos los lados me acoge una frondosa jungla. No hay duda: me quedo aquí.
Paso días viendo llover desde la cama, despertando con el canto de los pájaros.

Hago música, renuevo ukelele, escribo, hago infinitos amigos, pero llegan al hostel dos caras conocidas… ¿en serio?

Coincido con Eles y con Thais, no les veía desde que estuve en Pai, ¿cómo es tan pequeño el mundo?
Compartimos billares, baños en el río, templos desiertos y excursiones en moto. Nos colamos en un puerto sin acabar, bebemos cervezas y reímos casi hasta llorar.
Me explican el viaje que les ha traído hasta aquí, me quedo con algún nombre que han visitado para poder seguir la aventura.

‘A Otres le quedan dos telediarios, es la última temporada que estará en manos camboyanas, los chinos lo han comprado todo.’
Habrá que verlo entonces. Hago la mochila. Otra vez.
Devuelvo la moto, busco Otres en el mapa. Tiene playa y da a unas islas turísticas que, tal vez, quiera visitar. Estamos en temporada baja y quizás estén vacías…

 (Kampot, sur de Camboya, del 10 al 15 de mayo del 2019)

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