
32°C. Humedad medio-alta. La ropa cuelga de las hamacas y suaves brisas mueven las hojas de los tejados de las casas de bambú. Como la mía. No hace mucho. No por mucho. Pero es la primera de esta nueva vida. Nueva. Y vida. Qué dos palabras. Qué buena elección.
Gracias mamá.
Y es que este cuaderno no era para esto. No era para improvisar una NUEVA VIDA escribiendo en una hamaca. Debería tener números. Costes y beneficios.
Pero hoy puedo hablar desde la libertad, y eso… no. Eso no tiene precio.
No el del billete de avión que perderé, ni el lucro cesante.
Pero nunca abandono, lo reformulo, lo recreo, quizás lo pospongo.
Tened paciencia conmigo.
Que este cuaderno se haya convertido en esto reafirma mi impulsiva decisión. ¿Impulsiva? ¿Intuitiva?
Sí. Llegué hace trece días pero no empezó mi viaje.
Tan sólo empezó hace unas horas. Enfrentando a la muerte. Al humano. A la mente.¿Cuál fue la fuente de inspiración?
No lo sé. Pero este cuaderno no era para esto. Amo este cuaderno.
Lo compré con urgencia y en ninguno de estos trece días he querido escribir.
¿Por qué no quería escribir?
Vuelvo. Dejo de escribir para pintar una noche estrellada en un trozo de bambú.
Ha subido la temperatura nueve grados, pero el río es agradecido.
¿Cómo iba a escribir? Si mi vida no había empezado. Tal vez sea mejor decir que LA vida no había empezado. Porque puedo hablar de nueva. Y de vida. Pero no mía.
Aquí no hay nada de nadie. Todo es de todos; y entre tanto se mezclan las energías.
Sí, estoy segura: Ciento cincuenta días son mejor que veintiuno.
¿Cuál fue la reveladora inspiración?
¿Las rastas de Macks o de Kiki? ¿Los ojos de Rita o de Dasha? ¿La sonrisa de Maks o de David? ¿Las ganas de Eli o las de Sam? ¿La fuerza de la montaña o la cristalinidad de la playa?
¿Poder estar sin prisas o salir corriendo a ver más? ¿Disfrutar de una conversación en castellano o darme cuenta de que estoy pensando en inglés?

Hace cuatro noches compartíamos anécdotas alrededor de un gran fuego. Dany me preguntó por mis objetivos del 2019. Escucharlos me produjo cierta repulsión. Pero no eran más que palabras decididas por mí misma. ¿Quién era?
Quiero aprender inglés. Poder comunicarme de un modo más puro con todo lo que me rodea. Siempre suspendiendo inglés. Quién me escuchase. Quizás se reiría más de un profesor.
Quiero expresarme también através de la música. Aprender a tocar el ukelele y el saxofón. Quiero bailar más y expresarme más con mi cuerpo: querido compañero de vida. Trepar, saltar, meditar.
Adoro mis nuevos propósitos.
Leer, escribir, dibujar. Fluir sin prisas. Sentir el TIEMPO.
Hormigas y lagartijas en la ducha: cuatro duchas al día. Y un slackline en la puerta de ésta: mi primera casa.
Cuando el sol cae arde el cielo, se mueven las montañas. Salen de casa los mosquitos.
Suena de fondo ‘Violadores del verso. Y yo adoro haber transformado el significado de este puto cuaderno.
Vuelvo a encontrarme. Vuelvo a ver el camino de luciérnagas. Y me dicen que puedo ir a donde quiera. Cuando quiera, como quiera.
¿Qué más puedo pedir? ¿Que lo entiendas? No lo necesito.
Me siento fuerte. Me siento libre.
La temperatura ha caído alrededor de ocho o nueve grados. La hamaca es más cómoda y me siento única entre un montón de iguales. De uno.
Pai tiene magia y podría atraparme por un largo tiempo. Por eso creo que es hora de partir. Me ha dado lo que necesitaba. Será siempre el gran punto de partida de ésta locura en la que tan a gusto me siento sumergida.
Amo este sitio. Amo mi vida. Amo este puto cuaderno.

Es hora de ordenar la mochila y partir de aquí. ¡Qué caos! Es obvio que no fue hecha para un largo viaje. Y la maleta en Bangkok. Madre mía.
Las ganas de escribir vuelven constantemente. Todo el rato.
Necesito coger el cuaderno. Pero no tengo tiempo. Tengo tanto tiempo que no me da mas que para vivirlo.
Quería haber disfrutado de escribir en lo alto de ChinaTown, pero los colores de sus flores no me han dejado llegar aquí. Disfrutar al cien por cien de una conversación o compañía.
Observar cómo el sol, en el cañón, no hace más que inspirarme.
Pero necesito escribir. Necesito vivir. Necesito escribir. Me cago en este puto cuaderno.

Echaba de menos conducir en moto. Viajar a cien kilómetros por hora mientras el casco se vuela y el viento rompe en mi cara. Cada curva esconde una nueva sorpresa.
Dani hace fotos: ya me las pasará.
David se ha ido. Ha dejado el mismo vacío que peso: la mochila pesa bastante más ahora. No así el alma. Sigo conduciendo.
Rita se fue hace tres días. Sam cuatro. Cada día se va alguien. Cada día llega alguien. He ido a comer con Eles. Mañana me toca a mí.
Hoy hay mucho español en el hostel. Se han juntado La Rioja, Sabadell, Jerez, Málaga, Albacete, Granada, Valencia y Mallorca. Aunque hoy también he hablado en castellano con un francés, un brasileño y un cubano.
Respirar – a ratitos- como si estuviese en casa me sa energía.
Necesitamos pareos para subir al templo a ver a Buda. Ellos no. Sus piernas no le importan a Buda. Pero sí las mías.

Mañana es mi turno y será un largo día. Me siento cansada. Kiki comparte su tienda de campaña conmigo. Es inexplicable su dulzura.
El viaje se transforma. Ya no busco la cama más cómoda. La adaptación al medio me hace sentir como un camaleón. Y me siento fuerte.
No me hace falta (casi) nada.
No queda luz ahí afuera, y mis ojos se cierran.
Gracias PAI♡
(Pai, Norte de Tailandia, 28 de febrero al 8 de marzo 2019)