
Creía que no podría sentir una mayor satisfacción que, simplemente, despertar hoy aquí. Pero he amanecido con uno de SUS mensajes.
No hay persona a quién dedique más tiempo en recordar o pensar, que ÉL♡.
Quizás se apunte a esta aventura conmigo: no podría ser más feliz que viajando con mi hermano.
Cada una de sus palabras me toca el alma. Me recorre un escalofrío sólo en pensar en abrazarle.
¿Cómo lo hace?
El día de hoy tiene más de 24 horas: en España, a veces, lo días tan sólo tienen un par de ellas.
Hacer autostop con Rita y Pavel fue una experiencia divertida. Fluí entre «ven» y «ves» de coche en coche, pero hoy vuelve a ser mi turno: primer día sola en la carretera.
No sé si es más fácil de explicar o de entender. Creo que es dificilísimo si no se vive. No estoy segura de haberlo vivido. Quizás ha sido más que eso. Sea como sea, voy a intentarlo.
El despertar es pronto. El día de espera. Hay una fuerza que me estira hacia la cortina que cierra la tienda: el mundo me pide un abrazo. Salgo y se lo doy. Gracias.
La mañana me brinda una tierna estampa del Pai River Jam vacío. En silencio.
No ladran perros: duermen en los sillones. No llegan motos: están aparcadas. Nadie conversa. No hay niños jugando. Creo que no cantan ni los pájaros.
Es el escenario perfecto para una solitaria y emotiva despedida.

Me miento a mí misma repitiendo una y otra vez que volveré. Como siempre. Sabiendo, como siempre, que lo más probable es que no sea así.
Que el mundo es demasiado grande para volver a repetir el mismo sitio.
Suenan unos crujidos de fondo: es Raúl. Continúo con mi ritual de despedida sabiendo que puede que me lleve largas horas. No me importa.
Tan sólo tengo tiempo. No hay prisas. No temo a que caiga la noche en mi camino. Valoro la noche como lo hago con el día. Es también mi tiempo. Y en él, el miedo ya no cabe.
Como una fila de dominó empiezan a aparecer más personas de las que recordaba querer despedirme.
He hecho las paces con las despedidas. Las encaro con mi mayor sonrisa, con la certeza de que le estoy dando paso a una nueva vida, a una nueva etapa.
Con el pecho lleno de agradecimiento por todo lo vivido. Deseando reencontrarme con ello en otro tiempo. En otro lugar. En otra vida. No hay tiempo de repeticiones. Tengo tiempo. Sólo tengo tiempo y no puedo no avanzar con él. Ahora somos uno.
También me he reconciliado con él. Ya no me apreta. Ya no me agobia.
De golpe son las once de la mañana. Greta, Dani y Kiki me acompañan hasta el Cañón para empezar desde aquí la nueva etapa.
Hace muchísimo calor. El sol revienta una y otra vez en mi cabeza.
Me separan ocho kilómetros de Pai. Fue éste el primer sitio que vi al llegar, y sin duda el que me enamoró.
Es un buen punto para marchar.
La mujer del souvenir saca una silla para que espere sentada: Gracias, pero debo de estar cerca de la carretera. La utilizo para apoyar mi mochila. Ha llegado el momento.
Parece más difícil que hace una semana. Me falla la técnica, algo que estoy por aprender de mi primer conductor: el policía de Pai.
Tras cuarenta minutos me para y explica porqué la gente me pintaba y saludaba, pero no paraba.
«Aquí la gente no entiende el pulgar hacia arriba: debes hacer ondas con la palma hacia abajo».
Subo al coche y me lo advierte: soy el más rápido. En dos horas estaremos en Chiang Mai.
El camino de curvas me hace recordar esta semana en Pai. No quiero renegar de los primeros trece días que he estado en Tailandia. Forman parte de esto. Sin ello no hubiese habido decisión.
Presente. Y futuro. Con su pasado.

Recuerdo las cascadas sin agua, el slackline que me unió a Kiki y a David la primera noche. La piscina el acroyoga piripi y el gran fuego. La villa de bambú y el registro de los policías.
Quizás alguno de ellos era el que en este momento está llevándose autostop.
El hippie Market y sus crepes de nutella y plátano. La noche de setácidos en el Paradise y cada uno de los perros.
El señor policía me ha dicho varias veces su nombre. No sólo eso. Lo he repetido varias veces hasta acertar la entonación, pero soy incapaz de recordarlo.
Le quedan tres años para jubilarse y lo que quiere es estudiar.
Se preocupa por mi familia, por mi vida y por la felicidad de mi corazón.
También quiere casarme con su hijo y se le llena la boca al decir que ahora, tiene una amiga española.
Me habla de los fantasmas de los que murieron en la carretera, no les teme. Es un reconocido policía. Cómo va a temerle a algo.
Me avisa cada vez que cruzamos una frontera entre provincias y me pide fotos por el camino.
¿Por qué se preocupa tanto por mí?
Caramelos de cereza, inhalador para no marearme y una pistola: jamás había tenidoantes una en mis manos.
Antes de despedirse y dejarme en la carretera hacia Lampang me pide el teléfono para comprobar que llegue bien y me sirve de provisiones para el camino.
Me bendice con un vida al que le pide mi protección. Me lo regala.
Kap Puk Kaa. Es tan difícil de explicar lo que suponen estos actos en el alma…
Mi siguiente conductor tiene veintiséis años y trabaja en el aeropuerto de Chiang Mai. Vuelve a casa por el fin de semana. Me habla del festival del agua.
Con éstos cien, ya son dos cientos treinta y cinco kilómetros recorridos. Pai/Bangkok son unos ochocientos.
El sol aprieta. Estoy en una autovía principal. Para una camioneta en sentido contrario. Sale una chica joven que me invita a cruzar.
Su escaso inglés nos hace difícil la comunicación pero está realmente preocupada por mí, así que me sube a la camioneta y saca el móvil para ver cómo puede ayudarme.
Yo sólo quiero llegar a Tak antes de que caiga la noche: aunque no me preocupa que llegue. A ella sí.
Logro entender que vive en el camino a mi destino, así que me despreocupo un rato. Pasamos su casa y siguen conduciendo hasta Sob Prab. Ahí se detienen frente a una «estación de autobuses». Me ofrecen dinero que rechazo y el ticket de autobús hasta Bangkok.

Esta mujer necesita saber que está noche no me atropellará ningún camión.
En este viaje también he aprendido a decir que SÍ.
Entra en la casa de al lado y aparece una pareja tailandesa de unos sesenta años a recibirme. La mujer, Kruwan, es una retirada profesora que habla perfecto inglés. Su marido es un reconocido político local. La hospitalidad en persona, sin duda.
Me informan de que mi autobús saldrá en tres horas, que me relaje, coma algo y me duche. Bienvenida a casa.
Hablo con Kruwan mientras no deja de calentar platos de comida. Estarás hambrienta. No diré que no. Está siendo un día intenso.
Quiere aprender español. Enseñarme tailandés y cocina tai. Que vuelva unas semanas a su casa. Que me invita al intercambio. ¿Por qué no?
Aún nos queda una hora así que vamos a dar una vuelta por Sob Prab: quiere enseñármelo.
Subimos a la moto. Cae la noche y me pregunta sobre las estaciones del año en mi país y otras curiosas dudas.
Comparte conmigo las fotos familiares y me despide con pena en la puerta del autobús.

Cojo una manta, los cascos y la tablet. En diez horas despertaré en Bangkok.
Bajo del autobús y el sol asoma entre rascacielos.
Hola otra vez, Bangkok.
Esquivo las ofertas de taxis y tuktuks hasta llegar al clásico autobús de línea número tres. Como en el que me lleva a casa en Mallorca.
Hago mi primer gasto del viaje en un billete de seis baths y medio que me escupe en el Sabye…
( Carretera 1, Norte de Tailandia, 8 de marzo y noche al 9, 2019)