VUELTA A BANGKOK

Llego con los duros rayos de sol a la terraza del Sabye. Hay dos chicos franceses que vienen de fiesta y están fumándose el último cigarrillo de antes de ir a dormir. Son las seis de la mañana. No les conozco pero me siento en casa, así que me siento a hablar con ellos.
Está la ‘mamá’. ¡Qué ilusión! Me abraza como si hubiese estado fuera años.

Volver a Bangkok, a Kao San Road, me devuelve a la primera semana en Tailandia. Cómo no va a ser parte de ésto.
Los días en la piscina con los rusos, los conciertos nocturnos de Mario y Hitoko, el día de wake.
El mercado de frutas al que fui con Maks y el estreno de la película rusa en el hostel de Charly.

Tengo ganas de reencontrarme con ellos.

Qué relativo es el tiempo cuando viajas. Parece que los conociese desde hace años, lo mismo que siento que ha pasado desde que me fui. Tan sólo han sido diez días.
Han pasado tantas cosas desde entonces que todo parece haber cambiado.

Me llama el señor policía. Check in.

El reencuentro con los chicos es tremendamente dulce. Siento que el tiempo se ha estirado como un chicle. Ha cambiado mi manera de interpretarlo. Y me siento libre.
Paso la mañana compartiendo historietas y conociendo a los nuevos huéspedes.

Llegamos tarde a la Convención de Artes Marciales. Llegamos a ver unas luchas de Dap Thai: un deporte parecido a la esgrima, pero con unos palos de plástico recubiertos por una tela. Luchan como samuráis. Hay una versión con dos palos.

Probamos algo de comida en un mercado local en el que todo se vende a diez baths.
El cuerpo me pide una cama, y mañana quiero hacer muchas cosas.
Volvemos al hotel. Estiramos las horas en la terraza. Tengo nueva habitación: esta vez estoy en la C.

Esta parada aquí me supone una recarga de energía, planificación del equipaje, comprar una hamaca, un ukelele…
Echo de menos el frío nocturno del norte. Se me olvida al entrar a la habitación del hostel. Qué frío.

Tailandia y sus extremos: Qué bofetada matutina es el bochorno de salir de la habitación. Me encuentro con Maks y me pide que no desayune, que nos vemos en quince minutos abajo, lo justo para una ducha.

No sé a dónde vamos pero supongo que a un templo, me ha pedido que me ponga falda larga o pantalones. Llegamos al Sikh Temple; el sijismo es una religión india fruto del contexto del conflicto entre las doctrina del hinduismo y el islam durante los siglos XVI y XVII.

Dejamos lo zapatos en zonas separadas. Subimos por escaleras distintas y nos ponemos en diferentes colas para servirnos el desayuno.

Aquí no tan sólo nos tapamos el pelo las mujeres, ellos también llevan turbante. Maks puede desayunar viendo la sala. Espalda con espalda me siento en la dirección a la que las mujeres podemos mirar: cara a la pared.

Compartimos miradas y sonrisas cómplices entre nosotras. Somo los únicos extranjeros de la sala. El postre es muy curioso. Es una gelatina transparente que mezclo con una sopa dulce de maíz y alubias. Está increible.

Devolvemos los pañuelos y conducimos a Chatuchak. Qué pereza me da meterme entre cincuenta mil personas en una mañana tan calurosa como la de hoy. Es algo que no echaba de menos de las grandes ciudades.

Tras dos horas de agobiantes vueltas encontramos mi hamaca: el plan de la tarde es un combate de Muay Thai.

Llegamos al gimnasio, movemos una cortina y aparecemos en un ring de película. Lleno de gente excitada y un presentador de televisión que viste de traje y corbata. Habla muy deprisa.

Tomamos asiento detrás de los jueces, hay tantas pantallas donde mirar…

No tengo muy claro qué hago aquí, ni lo que va a pasar, pero empieza la primera pelea. Dentro de una atmósfera de máximo respeto empiezan a llover puñetazos, codazos y espinillazos.

Uau.

Un tailandés y un marroquí son trasladados a la ambulancia de la puerta en camilla. Ko absolutos. Me cuestiono cuándo estarán bien, » No sé, quizá mañana,» me dice Maks.

Los vencedores se contagian de la excitación del público. Gritan como animales colgándose de las cuerdas del ring. Enseñan los dientes con la cara ensangrentada y las cejas partidas.

Esto es demasiado para mí.

El público se vuelve loco.

El último enfrentamiento acaba en empate. El resultado convence y agrada a la afición: tanto el tailandés como el brasileño han demostrado su fuerza y resistencia. Se les reconoce.

Vuelta a casa. Llego y la ‘mama’ tiene un regalo especial para mí. Ha ido a rezarle a buda y a pedirle permiso para regalarme una pequeña estatua de Ganesha. Me la cuelgo del cuello. No sé qué sentir. Quiero llorar. Le abrazo y me voy a dormir.

Mañana la alarma sonará a las seis de la mañana…

Desayuno rápido a primera hora y dos horas en moto.

Nos dirigimos a Ban Bang Phra, un templo que está a unos cincuenta kilómetros de Bangkok. Es famoso por sus tatuajes sagrados Sak Yant.

Paso las dos horas del camino leyendo sobre ellos: orígenes, significado y tipos.

Absurdamente elijo uno. Igual de absurdo es haberme mirado anoche quinientas veces al espejo para escoger dónde quedaría mejor. No es un estudio de tatuajes. Y no es la estética lo que cubre esta experiencia…

Estos tatuajes, típicos tailandeses consisten en una protección que el monje te reza en la espalda.

Al tatuártelos te comprometes a seguir una serie de reglas:

1. No matar intencionadamente.

2. Prohibido robar para tu propio beneficio.

3. No mentir para dañar a otros.

4. Ser fiel a la pareja.

5. No escupir en el baño.

6. No faltar al respeto a tu pareja.

7. No hablar a las espaldas para hacer daño.

8. No emborracharse hasta perder el control.

9. No practicar o participar en actos maliciosos.

10. No hurgar bajo la ropa interior de alguien que te atraiga del sexo opuesto.

Excepto la última, no tengo problema alguno en comprometerme con ello… En cuanto a la diez… lo siento Buda.

Compramos un pack de ofrendas por 75 baths: una caja de tabaco, velas, incienso y unas flores. Entramos en la sala en silencio y nos sentamos a esperar. Hay alrededor de treinta personas en la sala.

Todos tailandeses. Lo primero que me llama la atención es que no hay un orden estipulado. Hay un hombre que indica de quién es el turno de tatuarse. Nadie le discute.

Cada vez que llega el turno de un hombre y se quita la camiseta es impresionante. Parece que no tienen hueco para otro Sak Yant, pero saludan al monje en silencio, se sientan y éste encuentra rápidamente el dónde y el qué.

Quiero vivir la experiencia al cien por cien, así que tras dos horas de espera, olvido todos mis planes, saludo y me siento en silencio.

El tatuaje que ha escogido para mí es un Hah Taew y decide empezar a tatuar en mi omóplato izquierdo.

Consiste en cinco tantras, que aunque están escritos en una lengua muerta, son utilizados en rezos budistas. Los monjes deben rezarlos ciento ochenta veces para alcanzar el más alto nivel de meditación.

El primero es una protección para pervenir castigos injustos.

El segundo para proteger la mala fortuna de las constelaciones del horóscopo.

El tercero para mantener alejada la magia negra.

El cuarto aporta energía a la buena suerte, al éxito y la fortuna en mis ambiciones.

El quinto favorece la atracción del sexo opuesto.

Dos hombres me acompañan en los dos minutos que el monje tarda en tatuarme: ‘no pain, relax’, me dicen. Acabo y agradezco a los tres monjes lo que acaba de ocurrir. Lo que está por ocurrir.

Maks sigue tras mí, le toca sentarse en el cojín, pero no puedo soportar estar en esa sala.

Siento tremendo calor. Mucha energía. Me hace sudar a litros. Hay algo que quiere salir, y se va haciendo hueco, consumiendo mi consciencia. Estoy unos diez minutos mareada. Entro en un baño y me quito mi vestido marrón.

Chorreo sudor. Sin parar. Una media hora.

Mi energía empieza a estabilizarse. Mojo mi nuca y muñecas, me visto y salgo en busca de Maks.

No sé cómo me siento, si estoy llena o vacía de energía. Está más bien renovada. Con los ojos cerrados y viento en cara nos trasladamos al templo del Dragón, a escasos kilómetros.

Desde que pongo un pie en él sé que este sitio me transmite paz. Siento armonía. Me identifico en mi energía. Es tan bello.

No hay un solo turista. Realmente no hay nadie. Paseamos por sus jardines.

Cada baldosa está marcada por los pies de un monje. Hay una inmensa tortuga por la que entramos. Un pavo real y un conejo blanco. Es todo tan mágico.

Hay una torre altísima, rodeada por un increíble dragón verde que hace cima en su boca. El camino de subida es por el interior del cuello. Un largo pasillo en curva que parece nunca terminar.

A lo alto del todo hay dos terrazas llenas de esculturas y lacitos rojos con plegarias en sus barandillas.

Las vistas desde aquí me hacen sentir diminuta.

Arriba del todo hay siete niños de unos nueve años que han salido del colegio. Imagino si yo hubiese tenido este sitio en mis descanso escolares… probablemente no hubiese ido mucho a clase.

Este lugar me hace reconectar con mi nuevo ser, y así lo siento.

Tengo el primer reencuentro del viaje, Raúl y Dani están en Bangkok, pasaremos el día juntos. A estas horas debería de estar camino al aeropuerto para coger mi avión rumbo a España.

En ningún momento me han temblado las intenciones. Ni se me ha ocurrido arrepentirme. Sólo siento paz y libertad.

Una vez más siento que estoy en mi camino.

(Bangkok, capital de Tailandia, 9 de marzo al 14 de marzo 2019)

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