
Eli me espera en Tonsái y además necesita medicinas. Esta noche debería de emprender camino hacia la provincia de Krabi.
Me encuentro en el desayuno con Mario y con Maks. Nos vamos en busca de un ukelele.Tras visitar un par de tiendas y escuchar tocar varios ukeleles siento la conexión con el que será mi proximo compañero de viaje: ESE.
Maks llega de entrenar con noticias frescas: mañana deja Bangkok y va hacia el sur, a Koh Samui…
¡Fantástico! Vayamos juntos.
Lo pone en duda: son ochocientos kilómetros en scooter… mejor ves en tren: será muy duro, me dice..
¿Duro? Suena divertido, ¿duro? Sí, probablemente, pero no pienso perderme esta aventura.
Estreno el nuevo instrumento con Matías. ¡Qué ganas de que sea mañana!
Pero necesitamos un casco, y ya es tarde… Nos acercamos a un supermecado, y para mi sorpresa, venden cascos.
Por 300 baths solucionamos el problema y nos aseguramos la cabeza. O al menos la mía, ya que el casco de Maks se vuela cuando superamos los setenta kilometros por hora: y tengo que aguantárselo yo con un dedo…
El día empieza pronto. Empiezo a adorar madrugar.
La aventura del día consiste en cruzar medio Tailandia en moto. 800kms, una vieja scooter, la Cabra rusa y mi mochila.
Maks no tiene equipaje. Solo un saco de dormir. Menos mal. No sé cómo lo hubiésemos hecho.

Despido por segunda vez Bangkok con un sol que amenaza ser traicionero.
La vida nos pone a prueba bastante rápido: la correa se hace cenizas entre risas por haber empezado la aventura.
Trasteo el ukelele mientras la cambian.
Sabíamos que ocurrirían, ésta y más; así que no cabe malestar alguno.
En tres horas nos plantamos en la playa de Hua Hin. Suficientes para quemarnos enteros. Intentamos arreglarlo dándonos un baño en calientes aguas de la playa. Seguimos ruta. En el momento en el que el asfalto y el sol están más calientes la correa se rompe de nuevo. ¿En serio?
Una pick up nos lleva hasta un mecánico que sin saberlo era lo que el día de hoy realmente nos había preparado.
Es increíble el poder repentino de una conexión entre personas.
Aom es la dueña. Tiene 32 años pero no aparenta más de 25. No tiene la necesidad de remarcarlo hasta que le pregunto.
Tiene un empoderamiento que pasa desapercibido tras una fina y delicada piel. Está tan alucinada con nuestra aventura que quiere sumarse a una parte. Nos ofrece dormir en el taller, ducharnos, hacer mañana camino juntos.

Nos cambian la correa, nos regalan una rueda para que lleguemos enteros a Krabi. Top no deja de hacerle cosas a la moto.
Ajusta todos los tornillos que tiene, coloca bien las tapas. Comprueba aceite y presión de las ruedas. Considera que no tiene la fuerza que debería, así que no la suelta hasta que va perfecta.
Mientras tanto seguimos un callejón que nos lleva a una playa increíble.
Mires hacia donde mires no acaba. Bajo corriendo a la orilla. Si todo el mundo se fijase en la arena cuando pasea por ahí seguro que no lo harían descalzos. Pero yo tengo tiempo para mirar a todos los lados: y abajo es uno.
Decenas de cangrejos diminutos salen y entran por agujeros creando unas espirales en la arena que no hacen más que inspirarme.
El paseo me recarga de energía.
Llegamos a un pequeño lago, dentro del arenal, en el que los pies se me hunden a toda velocidad. Tiene corriente. Arrastra mejillones, conchas y piedras. Es precioso.
Tiene corriente. Arrastra mejillones, conchas y piedras. Es precioso.

Nos sentimos a una ducha de poder seguir el camino, así que tras dárnosla les decimos a los chicos que declinamos su propuesta. Nos damos el contacto “por si acaso” y volvemos a la carretera.
La moto va fina y nos comemos a bocados los próximos kilómetros.
La capacidad del depósito de gasolina nos hace parar cada cien kilómetros a repostar y reposar.
Vuelve la luciérnaga.
Porque estoy en mi camino. Lleno de luciérnagas, palmeras y estrellas. Las carreteras están hechas polvo, perfecto para ir lento y poder disfrutar de cada detalle que esconde. La luna siempre sonríe, no sé cómo cojones lo hace. Seguro que ella también vive viajando.
Un imperdible hace de una manta, una túnica para que Maks no pase frío.
Los flecos me hacen cosquillas en los pies. A la izquierda todo es verde. A la derecha, tras el otro carril, todo negocios.
Así que esta es su vida….
Los auriculares explotan en mis oídos. Eterna banda sonora de mi vida.
Creo que llegaremos a Krabi con el sol.
Estamos a 269kms. 314 en ruta.

No caben “y si…” de ningún tipo. Ello rechazaría todo lo que vivo, y es increíble.
Un buda enorme nos emboba en medio del camino. Rompe las atmósferas individuales en las que estamos ahora mismo para dirigir la vista y la boca abierta hacia él. La estatua está iluminada desde abajo dándole magia al dorado que la recubre. Es precioso.Dejándole un perímetro para respirar, el paisaje se completa con palmeras por todos los lados. Nos dirigimos a la vez el uno al otro para tan solo poder decir uaaaau.
Dejándole un perímetro para respirar, el paisaje se completa con palmeras por todos los lados. Nos dirigimos a la vez el uno al otro para tan solo poder decir uaaaau.
Suena “Clandestino”. Maks lleva un año sin visado. Marihuana: ilegal.
Porque aquí no va de lo que quieres, sino de lo que tienes. Y la felicidad resumida en esa frase.
El aleatorio, como siempre, hace sonar las canciones que escuchaba hace quince años pero que necesito hoy.
Todo es casualidad y las casualidades no existen.
Reconecto con un ser quince años más puro con la experiencia vivida en ese tiempo.
Hace frío y me encanta. Son las 2:24 pero podría ser cualquier hora.
Todas ls gasolineras son iguales: entras y al fondo están los baños, el seven eleven y la zona de asamblea con las ofrendas.
Sea la hora que sea siempre hay vida.
Me quejo de que no haya “baños europeos” mientras hago un pis, reflexionando en que es mucho más cómodo hacerlo en “estos baños”. Es como en el bosque, de cuclillas: lo más natural y placentero.
Me asalta una inevitable nueva queja sobre el tener que tirar el agua a mano en el baño.
¿De verdad? ¿Tanto esfuerzo es? Mi mente se va transformando.
Llevamos 10 horas seguidas desde que salimos de la tienda de motos. Comemos unos noodles instantáneos sentados en la acera. Ahora ya sin café. Con RedBull. Es hora de ponerse las deportivas.
No sirve de nada la cafeína porque nada más subir a la moto me duermo. Me despierto y son las seis menos veinte.
Maks no puede más y me propone dormir en una caseta de las de reposo en carretera. Me siento: a mi izquierda es de día, a mi derecha de noche. Tan solo quedan noventa kilómetros y entre humo verde nos vamos a dormir.
La alarma ha sonado a las ocho. Recuerdo haber cogido un poco de aire para decir ‘Maks…’ y volver a dormirme.
Me despierta a las nueve y media. Debemos seguir.En lugar de sentirme cansada por haber dormido escasas horas, tengo toda a energía y motivación para llegar hoy a Tonsái.
Espero que el camino tenga buena recompensa.
Qué cojones.
No espero nada.
Esta aventura se basta por si solita.
Del cielo cae fuego. El asfalto parece de chicle. A los siete kilómetros la moto vuelve a decir ‘basta’.
En esta carretera no hay nadie. Ni Seven Elevens, ni tan sólo una sombra para resguardarnos un poco.
Suena el petardeo de un gran tubo de escape. Pero a lo lejos veo una pequeña y vieja moto que se dirige hacia nosotros. Bajan de ella dos chicos jóvenes, ambos con la cara tatuada. Van sin camiseta. A uno de ellos se le asoma por la espalda el mango de un gran machete. No hablan nada de inglés.
Creo que si los hubiera encontrado en otras circunstancias hubiese sentido miedo, pero vienen a ayudarnos. Y ahora mismo es todo lo que tenemos.
Miro y veo que sale un chorro de agua a presión por uno de los manguitos. No pinta bien.
Uno de ellos va a la moto y trae un destornillador con el que empiezan a desmontarla.
Entre señas creo entender que van a buscar herramientas.
La rueda de su moto está pinchada, pero no les importa. A llantazos desaparecen en el horizonte.
Estamos en la mierda.
Para una camioneta, nos ofrece ir a un pueblo cercano a buscar un mecánico, por lo que subimos la moto a la parte trasera y nos desviamos bastante de nuestra ruta. Una vez más, no nos queda opción.
Llegamos al mecánico. Necesitará tres días para poder repararla. No está en los planes. Por lo que la abandonamos allí mismo y bucamos un coche para que nos lleve en autostop a Ao Nang. Nos lleva unos quince minutos. Pero lo tenemos.
Llegamos al «Bike Bar». Es de un amigo de Maks, seguro nos ayudará.El hombre no está, pero su novia nos lleva en moto al puerto. Bienvenidos a Krabi.
(Carretera 4, Centro de Tailandia, 14 y 15 de marzo 2019)