Estoy en un momento en el que me he dado realmente cuenta que esto no son unas vacaciones. Que estoy de viaje.
El momento en el que me doy cuenta que ya he cambiado un par de veces la distribución del neceser o de la mochila. Hasta encontrar la más eficiente. El que necesito paz y tranquilidad a la vez que controlo la energía por descubrir cada rincón que me rodea.
Equilibrarme. El momento en el que me he acostumbrado a lavar la ropa a mano o a coser cualquier descosido. Cuando la ropa pasa a clasificarse por su peso. Desapegándome constantemente de material. Regalando. Rechazando. Relativizando los recuerdos.
El momento en el que ya no comparo los precios con euros, sino con la última moneda local con la que he vivido. Y un plato de comida, siempre es referencia.
Cuando un día como hoy, llego a un hotel como éste y puedo valorar un baño privado, una nevera o calentador de agua caliente. Geles de baño de muestra y una toalla que realmente seca.
Un colchón que atrapa. Mando para el aire acondicionado. Me siento rica.
Me encanta darme cuenta de que no necesito nada de esto. Pero qué agradable que éste sea mi hogar de hoy.
Respirando la playa Bang Po. Hoy es Songkran. El año nuevo budista. Además es el cumpleaños de Maks. Es un día de celebración. ¡Qué bueno llegar!
Después de doce horas de autostop, dos barcos de hora y media. Un autobús de hora y media más. Cinco camionetas. Cuatro coches, Un taxi gratis. Dos furgonetas. Una de ellas de una banda de músicos… Tras haber parado a hablar tres veces con la policía y tener que sonreír cada vez que me han hecho una foto… ¡Qué bueno que justo sea éste el refugio de hoy!
Malasia – Koh Samui en una noche, se veía difícil, pero con Massi los caminos se hacen fáciles.

Con sus pruebas de valor, de resistencia y de moral.
Con bebés, whiskey y grandes reflexiones.
Vivimos la otra cara de la carretera… Es de noche. Tramo en el autopista 4. Insoportables luces rojas y azules. Intermitentes. Genera toda llamada de atención. Estamos lejos. No vemos qué pasa. Nos recoge un coche.
Tres kilómetros y llegamos. No quería verlo. No. No. No. De verdad que no quería verlo. Pero ahí están. Dos cuerpos tapados por una manta blanca. a su lado una moto tirada en el suelo. Un camión en el arcén. Y una camioneta. Mucha policía. Ahí abajo hay una persona que hasta hace unas horas era alguien. Alguien que esta mañana ha decidido qué pantalones ponerse.
Alguien que seguro tenía planes para celebrar el año nuevo. Pero que está ahí, y ha quedado reducido a una manta blanca. Probablemente esto mañana no salga en ningún periódico. Pero seguro que aquí todos se conocen. Dos familias llorando.
La llamada que algún policía debe de haber hecho para informarles de lo sucedido. Probablemente conociendo al muerto o a alguno de sus familiares.
Me ha marcado. Seguimos el camino y tan sólo veo motos que pasan sin luces, sin casco, con bebés en los brazos.
Paramos en una gasolinera a calentarnos con un café y llegan más motos. Pienso en las mantas blancas y en quién había debajo.
Podría ser la chica joven que ha venido en pijama con su amiga a ponerle saldo al móvil. O el chico que coloca la GoPro en su casco para grabar la carrera a casa.
No quiero ni pensar que pudiese ser el bebé… Es Songkran y tenemos preparadas nuestras pistolas de agua. La gente me moja. Se ríe. Me río. Les mojo.
Es la fiesta del agua y todo el mundo está contento. En cada tienda, bar, hotel o casa que dan a la carretera, se reúne la gente con grandes tanques e agua para mojar a todo el que pasa. Algunos tienen mangueras, otros cubos o pistolas de agua. Vamos tres en l moto y sin casco, pareciendo haber olvidado fugazmente la lección de anoche. Pero es Songkran.
Nos fundimos en la diversión de la fiesta. Reímos como niños pequeños. Nos paran. Nos mojan. Nos desean el feliz año poniéndonos talco mezclado con colorete en la cara. Lo hacen con cariño y ternura. Me siento realmente bendecida. La gente viste con ropa amarilla y con camisas de flores. Bailan. Se ríen. Lo reciben todo con alegría. El ambiente que se respira incita a sonreír con ellos.
Me hacen sentir formar parte de la celebración. Comparten todo. La playa besa la entrada de la habitación. Desde la cama puede oírse el agua del mar. Lo que más me gusta de esta casita de bambú es su porche de madera. Adoro pasar las noches en el porche.

He colgado la hamaca cara al agua. Paso infinita paz en ella.
A Massi le encanta caminar. Le acompaño en un precioso paseo que nos hace recorrer diversas playas, costeada por la jungla. Entre piedras, hoteles y un mágico atardecer. Nos lleva al bar rasta de nuestro amigo. Volvemos haciendo autostop. Alquilamos una moto y nos vamos a descubrir el interior de la isla. Jungla. Cascadas y un jardín secreto. Lleno de estatuas y construcciones de hace miles de años.

Mañana separamos los caminos. Hacemos noche en una habitación de hotel en la que hacemos la colada. Música y a dormir.
(Ko Samui, Golfo de Tailandia, 13 de abril al 17 de abril 2019)