AISLADA EN EL PEÑÓN: LANGKAWI II

Hoy empieza otra aventura.
Me separo de los chicos. No sé cuánto tiempo. No sé si volveré. Ahora debo de irme.
Madrugo. Encaro el día. Hago la maleta.
Haber estado todos estos días con ellos ha sido fantástico. Lo pienso con nostalgia. Pero las energías se estancan. Necesito aire fresco.

No siento una despedida dramática. No siento un adiós.
Quisiera despedirme de Eli, pero no hay manera de que se despierte. Supongo que debe de ser así.

Con el coche alquilado salimos de excursión alrededor de la isla. Tras muchos recados llegamos a las cascadas de pega.
Parece que hemos entrado en ele escenario de una película de los Picapiedra.

Encontramos la fuente del poder, y nos adentramos en las cascadas naturales: Temurun.
Se respira inmensa paz. Inmensidad. Paz.
Camino con Tommy en silencio; subimos unos escalones que parecen imposibles.
El sitio es espectacular. Con la vista no consigo llegar arriba del todo. Mire a dónde mire hay demostraciones de la excelente belleza natural. El agua es abrazada por una gran pared de musgo.
Ahí nos espera Mirabeth. Con su incesante sonrisa. Con su agradable silencio. Me hace recordar porqué necesito irme unos días. Cómo necesito poner en orden todos y cada uno de mis pensamientos.
Se bañan en la poza mientras enumero todo aquello que necesito resolver en mí.
No es el momento.
La energía de este sitio no es para ello, así que lo voy arrinconando.
Cada idea es un caótico montón. Ya habrá tiempo.




Volvemos al coche. Nos esperan Milos, Seba y una gran familia de monos.
Suben al capó. No tengo muy claro que tengan hambre. Parece que vienen a ver qué pasa por aquí. Aunque la comida siempre es bienvenida.
Pasamos media hora observando cómo la jerarquía animal se reparte una naranja. Los pequeños hoy no comerán tanto.

Seguimos el camino. En algún lugar haré mi parada. Miro el mapa. Esta intersección es buena.
Les abrazo con mi alma. Les entrego un trocito de mí, haciendo hueco para lo que pueda llegar. 

Hace calor. Son las seis de la tarde. La mochila pesa más de lo que debería; hoy se han incorporado 3 quilos y medio de telas aéreas.
Algo deberá de salir en compensación. ¿Por qué llevo tanto peso? Me sobra todo.

La carretera me escupe en la playa de “Kok”. Hay un foodtruck de comida local y muchísimos malasios cenando. Viendo el próximo atardecer.

No sé todavía dónde dormiré hoy; pero el mundo me ha dado lo único que le había pedido: playa, tranquilidad y muchos árboles.
Puedo colgar mi hamaca. Las telas. Gozar de la sombra.
El sol empieza a caer, por lo que cenar y encontrar mi árbol se convierte en una prioridad.
Me gusta esta playa, pero la veo muy cercana a la carretera principal. Puedo seguir buscando un ratito más.

Echo a caminar observándola. Hay unos islotes enfrente que parecen de película. La arena se acaba.
Hay un peñón fácil de atravesar. Tras él se ve otra increíble playa. La arena está húmeda y hay una marca del mar a la mitad del peñón. No quiero que a medianoche me atrape el agua, así que el árbol que hace cumbre en éste me hace ojitos.
El sol ha caído a la mitad. No tengo tiempo de explorar más así que me pongo manos a la obra. Cuelgo la hamaca a lo alto del árbol. Escalo un poco más para atar las telas. Coloco la mosquitera y me voy de expedición a buscar leña. La vida responde rápido.
Estoy entre la jungla y la playa. Es muy fácil encontrarla y clasificarla por tamaños.
Enciendo el fuego con hojas secas ¡he llegado a tiempo!


Me fumo un cigarrillo viendo anochecer. La naturaleza me habla. Nos hemos vuelto a conectar. La escucho hasta que el sol cae de todo. Busco el mp3 para ponerle música al momento.
Pero no lo requiere. Es puro. Por lo que está sin batería. Saco el ukelele. No queda nadie a mi alrededor.

El cielo se estrella con mi mirada. No veía tantas desde Popoyo. Respiro hondo.
No me cabe más felicidad en el esternón.
Toco el ukelele con más energía y suavidad que nunca.
Pero hay un sonido grave que acompaña mi melodía: ¿Qué es eso?
Pienso en encender la linterna del móvil, pero mi vista se ha acostumbrado a la oscuridad. Decenas de cangrejos ermitaños salen a lucir sus preciosas caracolas. Son enormes. Con cantidad de dibujos.
Ojalá no fuesen tan bonitas, seguro que cantidad de turistas se llevan sus casas durante el día. Me acompañan en mis canciones. Se acercan sigilosos al fuego. Imposible sentirme sola.

Corre viento. Provoca que una de las telas me roce el hombro. Voy.
Trepo un rato en ellas. Al dar la vuelta me encuentro la inmensidad del espacio a mis pies. El alma me agradece un poco más.
Alimento un poco más la hoguera. La marea está subiendo. El sonido de las olas armoniza del todo mi momento.
El tronco mayor comienza a decaer. Es la hora de ir a dormir.
Cuelgo la mochila del árbol. Balanceo la hamaca, y como si fuese una cuna, me induce al más dulce e inocente sueño.

No es la hora de despertar todavía. Mi cuerpo no quiere despegarse aún de la hamaca; pero a las siete en punto mis ojos se abren automáticamente.
La vida quiere que disfrute de este bello amanecer. Es increíble.
Se mezclan violetas, naranjas, rojos y amarillos dejando entrever las siluetas de las montañas que delimitan el horizonte. Pararía el tiempo, pero en lugar de ello vuelvo a cerrar los ojos. Me duermo con más paz de la que desperté.


Un placentero frío me acompaña en la hamaca.
Dos horas más tarde es el calor el que me invita a salir de ella de un salto. La marea ha vuelto a bajar. Muero por darme un baño.

En el agua hay un hombre haciendo Tai Chí con su hijo. Debe de tener unos cuatro años. Su energía llama mi atención. No así la mía a ellos.
Estiro en las telas. Hago un poco de yoga: es cuando se acerca Song.
Me transmite paz eterna.
No entiende porqué he dormido ahí si no estoy en una experiencia de meditación. 

Es propietario de un spa cercano especializado en masajes. Me invita a que me pase cuando quiera. No sé qué quiere ofrecerme, pero seguro que lo haré.


Disfruto del instante hasta el punto en el que una familia de nutrias viene a visitarme a la roca de al lado.
Son enormes. Es un primer momento las confundo con focas; pero su esbeltez y constitución me confirma que son nutrias. Siento que me miran.
No puedo dejar de sonreírles, y parece que me devuelven la sonrisa.
Hasta hoy creía que tan sólo eran de agua dulce, pero tras investigar, descubro que la especie marina está en peligro de extinción. Agradezco aún más que hayan venido a visitarme.

Se me acaba el agua potable. Toca excursión en busca de provisiones.
También aprieta el hambre. ¿Cómo no he traído nada?

Pájaros. Muchos pájaros. Sus cantos constantes. Cangrejos. De todos los colores.
Blancos, naranjas. Negros. Grandes. Medianos. Hacia el agua. Pequeños. Hacia la jungla. Los salto. Algunos me esquivan a mí.
En la orilla flota un pez globo dado la vuelta. Está inflado.
En Bali vi uno por primera vez, pero éste lo dobla en tamaño.
Paso varios minutos examinándolo. Sus ojos están fuera de las cuencas. Es increíble: parece atrezzo.

Al acabar la playa, un río que desemboca en ella, me frena el paso. Tomo un camino que me lleva a la jungla. Me reciben decenas de lagartos que en el fondo huyen del temblor de mis pasos.
También salen a mi encuentro libélulas naranjas y pequeños colibríes.
¿Qué sería de mi día hoy en España?
Lo pienso tan sólo un instante. Aquí tampoco me siento demasiado culpable por ser humana.
Navegando entre pensamientos me he desviado del camino; hay demasiada luz para que surjan mis amadas luciérnagas. En su lugar aparece una enorme mariposa negra que se encarga de devolverme a la ruta. Gracias. Gracias por todo. 

Compro lo básico para estos días y vuelvo al campamento base. Me sorprende que a estas horas no haya nadie en la playa. Descubro que la marea me ha aislado por completo y que nadie puede llegar a mi peñón.
Este momento.
Este lugar.
Sin egoísmos, es TODO para mí.

Por primera vez en Asia puedo tomar el sol en bragas.
Tras hacer música dejo todo a un lado. Me tumbo en mi roca. Las sombras de las hojas dibujan mi cara. Me siento al cien por cien.

El día va pasando y debería de ir a ver a Song.
Como y vuelvo a parar en Kok. En la orilla hay enormes medusas muertas. Son bellas.
Me doy un baño y vuelvo a cargar mi gran mochila destino Amaya Spa: pregunto a algunos locales, nadie lo conoce. Activo la intuición y en cinco minutos me planto en la puerta.
Song parece estar esperándome…

(Langkawi, Isla al norte de Malasia, 29 de marzo al 12 de abril 2019)

Deja un comentario