Bajamos del coche en una gasolinera en el centro de Georgetown.
Lo primero que me llama la atención son sus enormes edificios. Es una gran ciudad.
Quizás por el hecho de estar en una isla me había hecho a la idea de que sería tranquilo. Defecto isleño.
Seguimos sin batería, sin hostel donde ir y con mucha hambre.
Podemos comer algo, pedir una contraseña de wifi tras cargar los móviles… parece un plan redondo.
Primera novatada malaya. Nos hace falta un adaptador para cargar el móvil. Vamos a comer, por favor.
Los platos tienen los mismos nombres que en Indonesia. El cerebro salta cinco años atrás y me envuelve en sus olores. Un nasi goreng, por favor.
Terima kasih. Debo investigar esto de los idiomas aquí.
Del malayo surgen dos vertientes muy similares que son el bahasa Malaysia, y el bahasa Indonesia. Parecen más fáciles que el tailandés. Voy a ponerme con ello.
Rondamos callejeando el centro de la ciudad buscando dónde dormir.
Hay graffitis por todos lados. Parece ser que hace siete años hubo un concurso internacional y se ha quedado como símbolo característico de la ciudad.
La boca del anciano es mi preferido.
Mucha gente. Motos. Joyerías con vigilantes armados con escopetas. Tiendas al por mayor de todo tipo de cachivaches. Gafas de imitación. Cucarachas.

Llegamos al Drippin Dragon.
Corro una gran barrera de metal y me encuentro una piscina de agua verde y una barra de bar con la música muy alta.
Nos asaltan dos gemelos argentinos que trabajan de voluntarios. No nos dejan ni llegar.
Hola! Bienvenidas. ¿Españolas? Oh, de ¿Barcelona? ¿Y ese ukelele? ¿Tocáis? ¿Cantáis? A verlo…Son altos y cómicos. Tienen el mismo bigote Dalí, repeinado en las puntas.
Sonríen todo el tiempo. Bueno, uno más que otro.
Hago el check in con calma y le abro la puerta a esta nueva etapa de aprendizaje. Penang.
En la habitación hay tres filas de literas. Hay más de veinticinco camas en este cuarto.
Paso todo el día con los gemelos. Al ukelele. El cajón. A la melódica. Con Andrea también. Música y más música. Me inspiro. Quiero aprender más y más. Es lo que necesitaba.
Salimos a cenar por el centro. Hay una gran variedad de comida callejera. Elegimos el falafel.
Emilio insiste en que es uno de los mejores que haya probado.
Spicy? (¿Picante?) El chico me desafía en una cómplice mirada. Middle or high? (¿Medio o alto?) – confía en mí, me dice. Muy poco pero de la muy picante.
Jamás había probado antes algo así.
No tanto en cantidad sino el tipo que es. No tiene nada que ver con el picante al que estoy acostumbrada.
No llega ni al esófago.
No arde el estómago. Toda la experiencia se centra en la boca. En la cara.
Se me van durmiendo los músculos faciales. Primero los labios. Los mofletes. La frente.
Lo bajamos con un helado y rompe a llover. Así, sin ton ni son, nos cubre una gran tormenta.
Relámpagos. Truenos. Ríos en la calle buscando una alcantarilla por la que escapar. Hola Malasia.
Conozco a Jim, a su colega el ucraniano. A la mujer hindi, y la que está por llegar: La Banda.
Aparece un grupo sacado de cuento. Con la energía más limpia que he recibido en mucho tiempo.
Son tres músicos argentinos y dos firewoman canadienses. Seba, Tommy y Gonza tocan juntos.
Milos y MiraBelle hacen juntas espectáculos de fuego.
Y ¿por qué no? Cuando se juntan todo arde.
Salimos a la calle. Les disfruto tocar, cantar, actuar. Son puro arte.
Gonza no deja de mover su cadera cuando toca la guitarra. Lanza las esclavas con más estilo que ninguno.
Seba es la dulzura en persona. El arte en el artista. Toca la trompeta. Me hipnotiza con su bola de contact. Es todo magia. Todo se le da bien.
Tommy es el rey del Swing. Toca como ya quisiera yo, el ukelele y sabe todos los dibujos abstractos de la música.
Milos tiene un aro y una vara con fuego. Mira unos abanicos y un aro más pequeño.
También actúan con ellos los gemelos. Ponen la percusión. Animan al público. Hacen spinning con pelotas de baloncesto y paraguas en la cabeza.
Nos movemos de esquina en esquina buscando turistas y pasando la gorra.
Familias árabes con dinero fuman de la shisha y nos llaman a siseos para ir a por el dinero. Sonríen. Disfrutan.
A partir de aquí todo explota.
Quiero aprenderlo todo.
Milos me enseña cómo colocar el cuello para que el bastón no caiga.
Mira me ayuda con las cariocas. Seba me enseña de percusión al cajón y de sonrisas.
Tommy las cuerdas del ukelele.
Emilio invierte tiempo en mí, en mi persona y en la pelota de básket.
Empiezo a sentir cómo, la vida desde aquí, me entrega todo mi tiempo a mí.
– Seba, ¿por qué sabes tanto de todo?- Nueve años viajando, nueve años para mí.
Así es. Viajar es regalarte todo tu tiempo a ti mismo. Pero es que, ¿de quién era antes entonces?
Giro el aro en la cadera. En el cuello. En la cabeza.
Entre repeticiones se van pasando los días.
Comemos rotis. Los baños abandonados.
Salimos. Bailamos. Cantamos.
Reímos. Cafés. Postres. Un cuarto secreto, o dos.
La puerta del Drippin no deja de entrar y sacar gente.
Gonza se va a Tailandia.
Llega Ale, un tico que vive en Vietnam.
Y Moisés, el amigo chileno de Eli.
Alquilamos unas motos. Nos advierte el hombre de la tienda que las mujeres no las podemos conducir.
Damos la vuelta a la isla buscando algo interesante que no encontramos.

Vuelvo al ukelele. Al aro. A los abrazos de los chicos. A todas sus sonrisas.
Y entre tanto barullo una propuesta: ¿venís con nosotros a Langkawi?
(Penang, isla del norte de Malasia, 22 al 29 de marzo del 2019)

